lunes, 24 de abril de 2017

¿VIVES PARA TRABAJAR O TRABAJAS PARA VIVIR?



Mi abuelo siempre me decía: “Laura, hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar” ¡y que razón tenía! Lástima que hoy en día, muchas personas trabajan para sobrevivir y sobreviven a costa de invertir muchas horas mal recompensadas y poco valoradas.

Haciendo alusión a la psicología humanista, Abraham Maslow propuso la “Teoría de la Motivación Humana”, la cual trata de una jerarquía de necesidades y factores que motivan a las personas; esta jerarquía identifica cinco categorías de necesidades y considera un orden jerárquico ascendente de acuerdo a su importancia para la supervivencia y la capacidad de motivación. Es así como a medida que el hombre va satisfaciendo sus necesidades surgen otras que cambian o modifican el comportamiento del mismo; considerando que solo cuando una necesidad está “razonablemente” satisfecha, se disparará una nueva necesidad.


Las cinco categorías de necesidades son: fisiológicas, de seguridad, de amor y pertenencia, de estima y de auto-realización; siendo las necesidades fisiológicas las de más bajo nivel. 



Desafortunadamente, hay quien no tiene el privilegio de cobrar un sueldo mínimamente digno, acorde con su formación, su experiencia y su valía. Es más, ni acorde con el volumen de trabajo, responsabilidades y funciones del puesto. Bueno, y si entro en el debate del salario digno en España, no acabo el post, en fin, ¡vergonzoso!

Para tener más o menos “dignamente” cubiertas algunas de las necesidades planteadas, por ejemplo una fisiológica como la alimentación, y otras de seguridad (recursos, propiedad privada, salud…), hay que hacer malabares, y en ocasiones se convierte en la dinámica de la pescadilla que se muerde la cola, ya que para que una necesidad está “razonablemente” satisfecha, pueden surgir otras que cambien o modifiquen situaciones.

Estamos postrados ante una sociedad que nos ahoga en la desdicha de su consumismo, de su avaricia y su necesidad de poder.

Una sociedad donde se señalan más los fallos y los tropiezos de las personas, que las veces que son capaces de levantarse. Por lo que muy pocas personas se arriesgan a salir de su zona de confort o a probar nuevos retos, por miedo a fallar, a equivocarse o no cumplir las expectativas marcadas.

Desde pequeños nos encaminan a  esforzarnos en mejorar nuestras carencias en lugar de potenciar nuestros talentos. Al final nos educan para ser uno más, para no destacar en la multitud, para seguir un camino determinado y seguir participando de este sistema. Es como si necesitáramos hacer lo mismo que todos para ser felices.

Nos educan para ir a la escuela, a la universidad y para buscar una carrera que se acomode a nuestras perspectivas de futuro. ¡Venga vale!, ¡tragamos!, ¡tienen razón! (no bromeo, ¡eh!, que soy de las que cree en la importancia del estudio y la formación para el desarrollo personal y profesional). Si bien es cierto, aunque en mi caso decidí que así fuera, no necesariamente ha de ser formación universitaria ¡por narices!.

¡Vale! Comenzamos a currárnoslo, a luchar por nuestros sueños y por nuestras metas. Finalizamos los estudios, (en muchos casos al mismo tiempo trabajamos para costeárnoslos), buscamos empleo incansablemente, hasta que después de darnos infinitas veces con la puerta en las narices por no tener experiencia, conseguimos trabajo.

Llega un momento en que nos hemos formado como personas y profesionales, y aunque por supuesto siempre hay cosas por aprender, controlamos y manejamos con soltura nuestra profesión. Vamos, ¡que somos especialistas en la materia!, lo normal, ¿no? ¡Es lo que tiene la experiencia! ¿Y por qué esta no se valora como tendría que valorarse?

Cuando existe experiencia previa, la posibilidad de error, aunque no desaparece, lógicamente desciende, ¡se adquiere más capacidad para levantarse! Existe una eficacia y destreza que permite desde el día uno comenzar a ser productivo.

El eterno debate de contratar a jóvenes sin experiencia o no tan jóvenes con experiencia, siempre estará en auge. Desde mi punto de vista, como en todo, existen pros y contras, pero lo que está claro en mi opinión, es que la experiencia y las habilidades adquiridas a lo largo de los años, son un valor añadido para las empresas. Ahorran capital al tener que invertir menos en capacitar a los trabajadores: tiempo, recursos y personal. ¿Pero qué ocurre?, que ese valor añadido se paga, y lamentablemente muchas empresas no están dispuestas a hacerlo.

Entonces…como he comentado antes, ¡entramos en la dinámica de la pescadilla que se muerde la cola!, pfff de verdad, ¡que lucha! :)

Al hilo del valor añadido y de la efectividad, existen muchos tipos de relaciones que tendremos a lo largo de nuestra vida: con la  pareja, con la familia, con los amigos… ¡con el trabajo! Pues como en toda relación, hay distintos aspectos que son muy importantes a tener en cuenta y a llevar a cabo para que fluya de manera efectiva. En el caso del trabajo, por ejemplo, hay áreas que han de gestionarse con la importancia que requieren para que la relación sea sana y duradera. Podríamos citar la necesidad de la valoración positiva hacia tu trabajo, el reconocimiento, la motivación, el reparto acorde de responsabilidades con nivel de conocimiento y experiencia, el trato entre superiores y empleados, el trato entre compañeros, el salario, la conciliación laboral-familiar, la igualdad entre hombres y mujeres, el estrés, etc. Si esto no se encuentra en equilibrio, tarde o temprano caerá.

Por ejemplo, ¿qué ocurre con los salarios que ofrecen muchas empresas?, ¡que son irrisorios para la carga de trabajo y estrés que soportan muchas personas!
Creo que hemos llegado a un punto en que si nosotros mismos nos valoramos, no podemos esperar que los demás lo hagan.

Y es que hoy en día, el tema del salario se ha convertido en tabú, ¡tenemos que dar las gracias por tener trabajo y no quejarnos!, ¡es lo que hay!, ¡la crisis!
Pero justamente el salario, aunque por supuesto no es lo principal, es una de las grandes motivaciones en el trabajo y en muchos casos hay quienes aceptan esos salarios irrisorios precisamente porque tienen que “sobrevivir” y tratar de cubrir algunas de las necesidades de las que hablaba antes.

¿Qué es lo que pasa?, que cuando llega un punto en el que los trabajadores se implican, dan todo de ellos, dedican más horas de las que les pagan y lo abarcan todo sin recomensa, pues evidentemente se desmotivan y se produce la famosa rotación de puestos.

Cuando los empleados se sienten desatendidos en su desarrollo profesional, es que algo falla en las políticas de la empresa encaminadas a retener el talento, y cuando un profesional está en un puesto por el que no siente motivación, la compañía está desperdiciando un activo importante. Si el equilibrio entre lo material, lo profesional y los valores de la empresa no van alineados, tarde o temprano el trabajador se planteará si abandonar o no su trabajo, ¡y hay mucho valiente que no tiene miedo de salir de su zona de confort! ¡Doy fe!

Por su puesto, el valor más importante para los trabajadores no ha de ser únicamente el salario. Está claro que es importante, pero valores tales como el desarrollo profesional, desde mi punto de vista, considero que aporta una enorme motivación. Y no tiene que ser obligatoriamente un desarrollo por una posición más alta en la jerarquía, pero si por el acceso a nuevos puestos con nuevas responsabilidades y nuevos incentivos.

A mi modo de ver, las empresas se tendrían que preocupar en retener al mejor talento y evitar que no se vaya a la competencia, ya que tarde o temprano, esto les pasara factura, ¡y de las caras!

Existe la idea de que el hecho en sí de trabajar facilita la estabilidad económica, que traducido en otras palabras, da la seguridad y el billete de acceso a las metas que nos propongamos. Sin embargo, por buscar la seguridad, muchas veces hay quien se conforma con cualquier tipo de trabajo que medio (o no tan medio) se acomode a los ingresos que necesita para “sobrevivir”

Llega un momento, en que se exige más y más, terminándose por no valorar las pequeñas cosas que también se consiguen con sacrificio. No debemos olvidar que somos los únicos responsables de que nuestra vida sea plena, placentera y valorada. ¡Somos sumamente importantes!, tenemos que aprender a darnos el valor que nos merecemos y luchar porque se nos valore de tal forma. No tenemos que conformarnos con lo que “necesitamos”, sino ¡luchar por lo que nos merecemos!

Y vosotros, ¿qué opinais al respecto?